Mi gente, la semana pasada les traje un breve repaso de los inicios de la carrera de Joaquín Sabina, y hoy creo pertinente explorar un poco a detalle la canción que marcó un parteaguas definitivo en su trayectoria: “Y nos dieron las diez”.
En la publicación anterior, y de manera deliberada, dejé un detalle fuera. Joaquín Sabina es de esos artistas que tienen fama de truhán y canalla, y no por motivos simples. A él nunca le molestó que fuera de conocimiento popular que le gustaba abrazar la vida bohemia en la extensión de su significado: alcohol, sustancias, mujeres de acompañamiento.
¿Que por qué lo menciono ahora? Porque ahora sí es pertinente para lo que voy a contar. Dado esta “pasión” de Sabina por la vida bohemia, no es de sorprender que muchas de sus canciones hayan nacido justamente en algún antro al calor de un whisky (bebida preferida por el ubetense).
Una servilleta en la noche madrileña
La historia, una de esas historias casi fantásticas que solo le ocurren a gente como Joaquín Sabina, dice que una noche de 1991, en un bar de Madrid, coincidieron Joaquín y Álvaro Urquijo, cantante de la banda Los Secretos. La conversación fluyó entre copas, y también entre copas Joaquín le comentó a Álvaro que tenía una canción buenísima, pero que no veía cómo terminarla; quizás le tarareó alguna melodía, quizá le platicó un par de ideas. Lo que está confirmado por las partes presentes es que en una servilleta o un pedazo de papel Joaquín escribió: “Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto…”.
Habrán pasado algunos días, meses tal vez, y la duda le quemaba al cantautor: ¿qué pasó esa noche en ese pueblo con mar?
Aquí voy a hacer un pequeño paréntesis para contarles algo personal. He tenido la oportunidad de asistir a un par de conciertos de Joaquín Sabina, el último hace apenas un par de años en Nueva York. Después del concierto, mi esposa y yo fuimos a un bar cercano al recinto a tomar unas cervezas, y después de unos minutos llegó la banda de acompañamiento de Joaquín. Él no iba con ellos; ya no está en edad de darse la vida de rockstar que probablemente se daba en aquellos años, pero imagino que 30 o 40 años atrás esa habría sido su rutina: terminar un concierto y buscar refugio en el bar más cercano. Y como muchas de sus canciones toman inspiración de eventos personales, me gusta imaginar que fue allí donde encontró la respuesta a esa pregunta.
El encuentro con los ojos de gata
En el tema, en ese pueblo con mar, después del concierto, el cantante sale a buscar el bar más cercano (o en este caso, el que esté abierto). Y allí, detrás de la barra, sirviendo las copas a los parroquianos, está una mujer. Lleva falda. ¿Es guapa?, tal vez. Lo único que sabemos con certeza es que tiene ojos de gata.
Les comentaba también la semana pasada que Joaquín Sabina no es precisamente el epítome de galán, pero verbo mata carita, y si algo tiene es verbo; además, la bartender lo reconoce. El trato estaba hecho antes de firmarlo, las peticiones eran razonables: ella pedía una canción al oído; él, que ella le dejara abierto el balcón de sus ojos de gata.
Y así avanzó la noche, los parroquianos se iban yendo, hasta quedar solos el cantante y la mujer. Tras cerrar el bar y encontrarse solos, no pasó mucho en darse la insinuación entre ambos, el coqueteo, la electricidad, la excitación. Él, sin duda, quería pasar la noche con ella, y ella, ella no quería pasar la noche sola. Y es así que en la habitación de un hostal les dieron las diez, las once, las doce…
El regreso al pueblo con mar
Al despuntar un nuevo día, la realidad los despertó. Ambos sabían que su encuentro había durado ya más de lo que debía y se despidieron con la intención de volver a verse, aunque más que promesa era mero trámite. Sin embargo, cuál sería la sorpresa cuando el cantante logra agendar una fecha en el mismo pueblo al verano del siguiente año.
Por algún motivo, el vato pensó que la ruca lo iría a ver a su concierto, pero ¡oh, sorpresa!, la mujer no solo no fue al concierto, sino que al término de este, cuando el cantante va a buscarla, se encuentra con que el bar no está donde debería estar, y su lugar lo ocupaba el Banco Hispanoamericano.
Aquí hago un segundo paréntesis. Hay alguna gente que le atribuye a esta parte de la canción un toque sobrenatural, como insinuando que el bar nunca existió y, por ende, tampoco la mujer. No comparto esta opinión ahora, pero, sinceramente, cuando era niño y escuchaba esta rola, esa era precisamente la idea que me daba; es por eso por lo que siento pertinente incluirlo.
La razón más lógica es la gentrificación, hijo. Probablemente el bar ya no pudo cubrir la renta y el banco tomó el local desplazando a los empleados. Tras la frustración de ver arruinados los planes de pasar la noche con la mujer, el cantante decide atacar el banco a pedradas (me gusta imaginar que la inspiración aquí viene del ataque al Banco de Bilbao).
Para su mala suerte, lo aprehende la policía municipal y lo llevan preso, pero pues un pedradón es menos dañino que un cóctel molotov, y seguramente tenía ya abogados y fondos para cubrir la multa, y pues lo dejan libre.
El nacimiento de un himno (y un secreto)
Pero para sacarse la espina, decide hacer lo más cercano a pasar la noche con la mujer y pasa la noche con su recuerdo. Así, en el mismo cuarto donde un año antes le quitaba la ropa, ahora le escribía esta canción. Y mientras la escribía, le dieron las diez, y las once…
Obviamente esta es mi interpretación, pero la pluma de Sabina es tan fluida que puede ser algo muy diferente para alguien más. Musicalmente, el arreglo es el de una canción ranchera, porque Sabina es aficionado a la música ranchera y a José Alfredo Jiménez en particular. Tal vez no lo parece a primera oída porque no es en sí una ranchera, pero el arreglo lo es.
Antes de cerrar, les dejo un dato que quizá no sabían. ¿Recuerdan al principio que Joaquín le escribió los primeros versos de la rola a Álvaro Urquijo en una servilleta? Bueno, Álvaro se llevó esa servilleta con él y también desarrolló esa frase en una canción, así que existe un tema de Los Secretos que tiene la misma melodía y empieza igual: se llama “Ojos de gata”.
Pero bueno, más o menos de eso va “Y nos dieron las diez”, de Joaquín Sabina. Estoy casi seguro de que todos conocen el tema; si no con Joaquín, quizás con Rocío Dúrcal, Julio Iglesias, Edith Márquez o algún otro intérprete. Si no, sobra decir que la escuchen. Espero les haya gustado este texto, y agradezco si se lo comparten a alguien que le pueda interesar. Mientras tanto, ya duérmanse, que ya van a dar las diez.