Escribir una obra maestra con el orgullo roto: 19 días y 500 noches

Mi gente, el rollo es este. Por ahí de finales de los 80, principios de los 90, Joaquín Sabina estaba casado con la madre de sus dos hijas, pero como el vato tiene un corazón tan cinco estrellas en donde siempre hay una habitación disponible para lo que se ofrezca, mantenía también una relación de ires y venires con la modelo Cristina Zubillaga.

Con el éxito que venía disfrutando, los excesos, el whisky, los cigarrillos y las mujeres se le podían salir un poco de control de repente, al grado que Cristina de a tiro le dijo, yo hasta aquí llegué, muy bonitas tus canciones y tus bombines, pero ya mejor pintamos la raya definitivamente. Sabina lo tomó como lo toma cualquier cantautor truhán y canalla, le escribió un par de canciones y pasó página.

El nacimiento de un clásico por accidente

Al paso de los años, su matrimonio también terminó. Su éxito iba en aumento y con el éxito aumentaban también las fiestas y los excesos. Es sabido que a las noches bohemias en casa de Joaquín asistía siempre quien tenía que asistir y ni uno menos. Pero eso no impedía al autor cumplir con sus responsabilidades, entre las que se incluía (generalmente por encargo de su discográfica) escribir algún tema para otros intérpretes.

Entre esos temas, le habían pedido algo de corte rumba flamenca, que empezó como una más de desamor y resignación. Pero mientras lo componía, el autor reconoció el potencial que tenía y decidió convertirlo en un tema de y para Joaquín Sabina. Sería quizá que el tema removió recuerdos, será que no había pasado página por completo; pero ese tema de desamor al ritmo de rumba flamenca, pronto se convirtió en la mejor maldita canción que Cristina Zubillaga haya inspirado.

Un trago amargo con sabor a rumba

Manteniendo la idea original, la canción abre con unos acordes flamencos que le dan una personalidad melancólica y la vuelven inconfundible; para dar paso inmediato a una declaración afirmativa muy al estilo de José Alfredo Jiménez: “Lo nuestro duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks”.

Ese primer verso de la canción es para ponernos al tanto del lugar en que se encuentra el hombre emocionalmente, la mujer lo dejó. No fue por mutuo acuerdo, y probablemente no hubo drama (por parte de ella al menos), fue, si acaso cómico para ella, tanto que le dio por reír. Tuvo tiempo incluso, para despedirse desde el taxi tirando dos besos, porque la educación es siempre símbolo de buen carácter.

Para él, no fue tanta la gracia. Se sintió abandonado y con la pesadumbre que deja un rompimiento que no esperaba y no quería que sucediera. Para dar paso, al coro, pero este no es un coro cualquiera, no es meramente soporte melódico, es parte integral de la letra de la canción y fluye con una dulzura que sabe a lo que imagino le sabían esos whiskys a Joaquín mientras la escribía.

La paradoja de la sanación

Durante un verso completo de estribillo, el protagonista nos cuenta de su proceso de “sanación” para superar la ruptura, solo que ese proceso podría considerarse totalmente lo opuesto a sanar: bares, vinos, cenicientas de esas que te esperan en las esquinas… Cerrándolo con un segundo verso en donde cínicamente se cuestiona por qué me habrá dejado si soy un estuche de monerías: no le mandaba flores, no le compraba bisutería (imagino que joyas menos), no la celaba (ahorita esto está chido pero en los 90 demostraba desinterés).

Porque, la quería tan poco que tardó en olvidar poco menos de tres semanas.

Tras esta brutalidad de coro, volvemos un poco al recuento de los daños, y es en este verso en donde vienen las líneas que, para mí, rozan con las yemas de los dedos el cielo de las letras: “No, no pido perdón (No pido perdón) ¿Para qué? Si me va a perdonar porque ya no le importa. Siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta”.

La maestría de lo banal

Al principio, al escucharla me gustaba fonéticamente. Haré un pequeño paréntesis aquí para explicarles, a mí me gustan mucho las rimas. Ya sea en poemas o canciones, entre mejor construida esté, más palabras utilice y fluya, para mí mejor. Entonces al oír ese verso me era muy agradable al oído, pero un día algo hizo click en mi cabeza, le puse atención o algo, no sé.

Pero entendí: ya ni la lucha le voy a hacer porque ella ya está en otro rollo y nomás me va a dar el avión. Aparte, siempre fue muy orgullosa, muy hiriente, y muy coqueta. Wey, comparen lo que escribió Sabina con lo que acabo de escribir yo, y por cosas como esas considero al vato uno de los mejores, cómo vas a escribir algo tan banal de manera tan magistral.

Para cerrar los versos regulares, nos reafirma un par de veces más que la mujer lo abandonó cual si fuera un par de zapatos viejos, por lo que se dedicó a desperdiciar un poco más de vida y dinero, al grado que ya hasta de los casinos lo corrían.

Porque, la quería tanto que tardó en olvidarla poco más de año y medio.

La voz del de Úbeda sin filtros

Durante esas noches de bohemia que les contaba antes, uno de los asistentes era Alejo Stievel, que le preguntaba a Sabina por qué sus discos no sonaban a lo que sonaba él durante esas tertulias. Imagino que el cuestionamiento lo intrigó tanto, que eligió a Stievel como productor del disco. Y el gran acierto de este productor fue remover cualquier clase de filtro y adorno de la voz del cantante, dando como resultado una voz gastada y raspada por el whisky y cigarrillos, que lejos de desentonar, le da una personalidad totalmente diferente a lo anterior que el de Úbeda venía haciendo.

El título de la canción y del álbum donde se incluye es 19 días y 500 noches (1999), que hace referencia a lo fácil que le fue olvidarla durante el día cuando la cabeza está ocupada y la vida sigue. Pero en las noches, durante el insomnio y con menos distracciones, se le puede complicar un poco.

La versión de los hechos

Cuando llega el momento (obligado) en los conciertos de Sabina, comenta a manera irónica, “Estuve meses destrozado, escribiendo esta canción con lágrimas en los ojos, partiéndome el alma, metido en un pozo de absoluta miseria… mientras ella iba por los bares de copas de Madrid presumiendo con sus amigas de que le habían escrito la canción de amor más hermosa del mundo. ¡Qué cabrona!”

Por su parte Cristina ha comentado que Joaquín exagera, porque sí, lo abandonó. Pero no como a los zapatos viejos, que no se exceda.

Bueno mi gente, este es un pequeño recorrido por 19 días y 500 noches, espero les haya gustado un poquillo lo compartan en su grupo de análisis de literatura. Obvio, si no conocen la rola, ya se tardaron en escucharla. Nos vemos en 19 días o 500 noches, o menos. No sé. Dejen un saludo en los comentarios.

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