Gente, hoy les voy a revelar parte de mi proceso de apreciación de la música, que probablemente ya intuyen o que les va a sorprender muy poco. Pero con esa explicación también les voy a contar un secreto que no tiene sentido alguno y que, la verdad, me da un poquito de pena, pero al mismo tiempo, no me da pena alguna.
El peso de la interpretación personal
Cuando escucho una canción, pongo más peso en la música y en los cantantes del que en realidad tienen. Si la letra no es muy literal, trato de darle un sentido a lo que escucho y aplicarlo a experiencias o expectativas personales. Sobre todo, lo hacia cuando estaba más chavo y asumía que si un cantante decía o escribía algo metafísico o demasiado espiritual, era porque indudablemente tenía la sensibilidad o una posible conexión con el mundo metafísico.
Por ejemplo, si Saúl Hernández decía: “Para un alma eterna cada piedra es un altar”, en mi cabeza Saúl era una especie de pastor o chamán que estaba más allá de cualquier religión porque tenía la capacidad de practicar la espiritualidad ante una simple piedra. Es muy probable que el vato estuviera hablando de drogas, pero esto ilustra el punto que quiero hacer. No es que me tome las cosas demasiado literales, sino que trato de buscarles un significado práctico que satisfaga mi necesidad de entender.
Mi “placer culposo” incomprendido
Bueno, de todas las formas en que escucho y vivo la música, esa es una parte fundamental. Y precisamente por eso, el secreto que les voy a contar no tiene sentido alguno: Me gustan Los Toreros Muertos de una forma que no deberían gustarme. En mi cabeza, Pablo Carbonell (cantante de la banda) es un maldito genio incomprendido que está tratando de decirnos algo demasiado profundo a través de letras burdas y cómicas, pero no tenemos la capacidad de comprenderlas. Lo digo como el chavo de 12 años que escuchó por primera vez Mi agüita amarilla, y lo digo como el vato de cuarenta y tantos que sabe lo absurdo y descabellado que eso se escucha.
Seguro algunos aquí no conocen a Los Toreros Muertos y no entienden por qué es tan descabellado lo que acabo de decir; les explico: Los Toreros Muertos son un grupo español de rock cómico. No es música con humor, no pretenden hacer dobles sentidos rebuscados, ni siquiera es que traten de hablar de temas serios en un tono gracioso. No, es una banda con el humor más ácido y retorcido que puede existir, y no pretenden ser otra cosa. Yo soy el mamón que se aferra a querer que lo sean.
Entre el ciclo del agua y el nihilismo
Su canción más conocida es Mi agüita amarilla, que ya había mencionado. Les puedo decir que es un tema que de manera muy ingeniosa explica el ciclo del agua; pero eso es solo una verdad a medias, porque simplemente cuenta el recorrido que hace la cerveza de la botella a la lluvia, pasando primero por el cuerpo humano, y lo explica con todo el detalle que el recorrido conlleva.
La banda se formó en 1984 como parte del movimiento conocido como la Movida Madrileña. Musicalmente, su estilo era principalmente New Wave y Punk. Sus letras siempre fueron cómicas; incluso las que tratan de temas algo serios son abordadas de la manera más cruda, como En mi portal. Si aquí les contara yo que es un tema que trata del creciente número de muertes por VIH, de las muertes por hambruna en África y de las tantas muertes por violencia sin sentido, pensarían tal vez que es una canción que trata de hacer conciencia, o que nos quiere hacer entender que morir es inevitable. Pero el coro elimina cualquier percepción de seriedad: o sea, sí, la muerte es inevitable, pero cuando te toque no te mueras en mi portal porque me incomodas.
O el tema Los Toreros Muertos, que aparte de servir como presentación de la banda, estoy seguro de que es un tema de protesta antitaurina que menciona por nombre a algunos toreros españoles que murieron en el ruedo o por causas relacionadas. Y no es como que los mencionen de manera muy respetuosa; siendo España un país con una tradición taurina muy arraigada, seguro había una intención de fondo, ¿verdad? Y ni hablar del clásico Yo no me llamo Javier, que es un vato diciendo todo lo posible para evitar hacerse responsable de una paternidad, incluso negar su nombre (que, en su defensa, en la canción nunca confirma que así se llame; si le damos el beneficio de la duda, a lo mejor el vato en realidad no se llama Javier).
¿Por qué buscar profundidad donde no la hay?
Ahora, después de haberles explicado todo esto, ustedes dirán: “wey, es una banda cómica. Nada especial, ¿por qué te quiebras la cabeza rebuscando algo profundo?”, y la respuesta es: no sé. Me lo he preguntado muchas veces; estoy consciente de lo que son y que cualquier otra cosa es solo parte de mi imaginario personal.
Sinceramente creo que mi tergiversación viene del efecto de escuchar por primera vez Mi agüita amarilla. Como dije antes, este tema aborda el ciclo del agua de un modo pintoresco, por decirlo de forma decente. Pero la música cuenta una historia totalmente diferente; le da un contraste a la comicidad de la letra. La canción empieza con sonidos atmosféricos y palabra hablada, más que con música y canto; esto es importante, porque establece un contexto, que, para mí, es parte fundamental de una historia bien contada. Luego, cuando Pablo empieza a cantar, la música por fin entra en forma junto con las voces secundarias. Poco a poco más instrumentos se van sumando, creando una sensación de crescendo que, aunada con la interpretación vocal, que incluye onomatopeyas y sonidos guturales, y una dramatización frenética que estalla en el desenfrenado punto entre el mar y la condensación en un ¡Mi agüita amarilla!, repetido una y otra vez, te envuelve en esa atmosfera de locura. Y que concluye con esa falsa solemnidad que dan a la canción un tono de circo sombrío y surreal.
La complejidad y ejecución de la música e interpretación me hacen, tal vez, escuchar algo totalmente diferente de las palabras que se están diciendo y de allí mi extraña percepción de la banda.
¿Les ha pasado algo similar con alguna otra banda? Compartan sus experiencias, no importa si es algo más serio o más descabellado que mi ejemplo. Mientras, aquí les dejo mis 5 canciones favoritas de Los Toreros Muertos que, para el oído común, pueden ser temas muy poco políticamente correctos, así que escuchen bajo su propio riesgo. Para el oído sofisticado, como el mío, hablan de temas trascendentales. Menos Pilar, esa sí no tiene excusas, pero eran otros tiempos.
- Mi agüita amarilla
- Los Toreros Muertos
- DNI
- Yo no me llamo Javier
- Pilar
En fin, si para un alma eterna cada piedra es un altar, es posible también que cada cantante sea un chaman, hasta Pablo Carbonell.