Tenía 12 o 13 años cuando mi tío me regaló una grabadora con CD Player; eran finales de los 90 y los discos compactos eran aún el formato de música grabada más popular. Con este regalo venía también una decisión muy importante: cuál sería mi primer disco. No quiero dar a entender que no había tenido una grabadora o un álbum antes de esto, ya había tenido un par de grabadoras y una buena colección de casetes, casi todos grabados por mí de canciones de la radio. Pero en mi mente, un disco compacto era la copa mundial y los demás formatos eran meros trofeos de competencias menores.
La razón es simple: soy supermamador cuando se trata de música. Me gusta desde que tengo memoria y en mi casa siempre hubo música, fuera en radio abierta, en disco de vinilo o en casete; pero no en CD. Y como buen adolescente mamón, yo quería tener CDs como todo adolescente mamón. Volviendo al tema, mi primer disco. Como les decía, soy bien mamador cuando se trata de música, así que voy a aprovechar esta oportunidad para hacerle a la mamada porque este fue un momento decisivo en mi vida. Hasta ese momento escuchaba todo tipo de música indiscriminadamente, no entendía o tal vez ni conocía el concepto de género musical. Podía escuchar una canción de Los Cadetes de Linares, una de Little Richard y una de Proyecto Uno seguidas y no las veía como norteñas, rock and roll y merengue, solo que una le gustaba más a mi abuelito, una a mi tío y otra a mí, pero en sí todas eran buenas.
Ya fue mucho contexto, ahora sí, mi primer disco sin más pretextos. Me tomó unas cuantas semanas juntar el dinero suficiente para comprar un disco; en aquel tiempo eran $125.00, creo, no sé cuánto estén ahora. Ya había hecho planes con mi compa Raúl de que el sábado íbamos a ir al centro a la tienda de discos (Casa de Música Deluxe) y sobre él iba a caer la responsabilidad de ayudarme a decidir qué disco iba a comprar. Me encantaría contarles cuáles fueron los discos finalistas y cuál fue el proceso de eliminación y todo el rollo, pero la verdad no recuerdo. El ganador fue Diez Años De Rock En Tu Idioma, una compilación de rock en español donde venían canciones de Caifanes, Fobia, Miguel Mateos y más. La decisión al final fue que venían canciones que, si bien no eran los clásicos que son hoy, eran muy buenas, como “La Célula que Explota” y “Pachuco”; y más que nada era un disco doble, así que técnicamente estaba comprando dos discos al precio de uno.
¿Por qué fue tan decisivo este evento en mi vida? Porque el nombre del disco tenía la palabra ROCK, había tomado un paso del que no había marcha atrás. Los chavos de los 90 teníamos convicciones y ante los ojos de mi amigo Raúl, de la cajera de la tienda y del mundo, ahora era rockero. Ya no podría permitirme cantar cumbias o rancheras en público. Si me quieren juzgar de poser, esa tarde de 1997 es el último día en que se me podría catalogar como tal.
Hasta este punto en mi vida, mi argumento musical se limitaba a dos frases: “me gusta la música” y “Los Beatles es mi banda favorita”. Pero adquirir ese primer disco abrió una caja de pandora que hasta la fecha sigue dando regalos. Algunas canciones ya las conocía y sabía que eran buenas, pero donde realmente todo valió la pena fue al escuchar las atmósferas oscuras y densas de “Veneno en la Piel”, el humor ácido y despreocupado de “Mi Agüita Amarilla”, el ritmo hipnótico de “Encuentro en el Río”. A partir de este punto ya no sería suficiente escuchar las canciones, era NECESARIO también aprenderme la letra. No solo aprendérmela, entenderla o en su defecto darle un sentido. Tenía que saber quién la escribió, quién la produjo y, de existir, cuál fue la inspiración. Ya no solo escuchaba música, ahora también había que comprar revistas (no tenía internet ni cable, así que las revistas fueron la alternativa, pero ya en otra publicación ahondaré en eso). En fin, los siguientes 10 años aproximadamente comprar discos fue parte fundamental para mí; la gran mayoría de rock en todos sus subgéneros y uno que otro de rap. Con los años dejé de comprar discos, y de eso también hablaré más a fondo en otra publicación.
Con el cambio a un modelo digital, también se ha hecho menos común que los consumidores de música adquieran discos físicos; de hecho, ni siquiera estoy seguro si los cantantes y grupos sigan imprimiendo discos para distribución comercial, lo que me parece una lástima porque muchas veces el empaque, booklet y disco formaban parte de lo que hoy llamaríamos experiencia. Ahora, que haya dejado de comprar discos no significa que haya dejado de escuchar música; ya sea por alguna plataforma de streaming o YouTube, trato de estar enterado de la nueva música y de la no tan nueva también. No me voy a quejar de que ya no se editan discos como antes porque para cuando se popularizó el modelo digital ya había dejado de comprar discos, así que en mi caso particular no culpo al streaming de la decadencia de la industria, aunque en general sí tiene la culpa, pero eso es para otro momento.
Pero ya para cerrar, entiendo que los tiempos han cambiado y a la gente no le ilusione comprar un disco; pero si nunca han tenido esa experiencia, sí les recomiendo que compren al menos un disco (compacto o vinilo) o un casete o algún formato físico de música. Nuevo o usado, pero que esté completo con su empaque y booklet y léanlo, vean el arte, los créditos y la letra. Es probable que terminen escuchando las canciones en alguna plataforma por comodidad, pero igual y es algo que les gusta y se vuelve una tradición. ¡Nos leemos pronto!
Super. Es lo mismo que le dije a Dante al agarrar su primer CD. Nos pusimos a leer las letras de las canciones y a a recordar viejos tiempos. Que tiempos!!!!!!
Luego le enseno el de Resorte, ese que trae fotos que solo se pueden ver con la caja del disco. Se me hace que ese es los mejores empaques que he visto.
Me encanto leer tu experencia donde te transformaste en rockero. No sabia que eras supermamdor con la musica jaja
jajaja trato de que no se note mucho.